



Publicado en la Revista de Viajes "Escapada" -Septiembre 2000-.
MONASTERIO DE YUSTE
-Testimonio de un pasado Imperial-
El Monasterio de Yuste, en Cáceres, fue el refugio elegido en la última etapa de su vida por el Emperador Carlos V, el precursor de la Europa unida y una de las personalidades míticas de la historia del siglo XVI.
El 25 de octubre de 1555, desde el Palacio de Bravante de Bruselas, Carlos V renuncia al poder reconociendo su mal estado de salud y su incapacidad para gobernar.
Pero ¿por qué decide venir a España para sepultarse en vida en un lugar campestre alejado de la Corte y de difícil acceso, con unos monjes jerónimos como únicos testigos de su trayecto final, y no cualquier palacio de la Corte, más confortable y accesible?. Razones hay. Su sobrino Filiberto de Saboya fue el encargado de explicar los motivos. Entre ellos resalta la enfermedad que sufría desde los 28 años, la gota, y el clima de España, más apacible y saludable que el de Bruselas. Por otra parte, Carlos V quería retirarse junto a un monasterio jerónimo, orden religiosa en la que confiaba plenamente, y en Yuste -un monasterio de la comarca verata extremeña-,parece ser que por influencia de un noble placentino Luis Ávila y Zúñiga, conocedor de la citada comarca e íntimo amigo del Emperador, a quien denominó testigo de mis pensamientos.
El 28 de septiembre de 1556 desembarca en Laredo (Santander) y tras un largo viaje de tres meses no exento de penurias, Carlos V se encuentra en Extremadura. El castillo-palacio de los Condes de Oropesa en la localidad de Jarandilla de la Vera, hoy en día rehabilitado y reconstruido como Parador Nacional de Turismo, le acoge mientras finalizan las obras del palacio que se está construyendo junto al Monasterio de San Jerónimo de Yuste.
ESTANCIA EN YUSTE.
El 3 de febrero de 1557 atraviesa el pueblo de Cuacos acompañado de su comitiva. Los lugareños esperaban al Emperador con regalos, pero además querían pedirle un favor que Carlos V no concedió. Los vecinos, desairados, se guardan sus regalos. Éste no será el único desencuentro que el monarca tenga con Cuacos.
Otro episodio más documentado revela las quejas que el propio Carlos presentó a Juan Vega, presidente del Consejo Real, cuando éste le visitó en Yuste. Cuenta un monje cronista que algunos vecinos de Cuacos, al amparo de la noche, despojaban de sus frutos los arboles del huerto de palacio, pescaban silenciosamente en el estanque o llegaban en su osadía a ordeñar las opulentas vacas imperiales de raza holandesa destinadas al uso exclusivo del Emperador.
Carlos V, en Yuste, se retira del mundo, pero ni se hace monje ni vive como tal. Como a buen flamenco le gustaba comer y beber y, además tenía debilidad por manjares que le resultaban perjudiciales para su gota y las hemorroides, que le martirizaban. Era tan glotón que pidió una bula papal para poder comer antes de comulgar. El médico le recomienda que abandone la cerveza y el lugar elegido para su retiro, pues no le conviene para su salud. Él no piensa hacerlo.
Tan solo comió una vez en el monasterio en compañía de los monjes, pero no salió muy satisfecho de la experiencia, ya que prefería alimentos más sabrosos que los que le ofrecieron. Carlos V se levantó antes de acabar y los monjes se apenaron al ver que no había comido.
Sus creencias religiosas le llevan a dedicar una parte del día al culto. Cuando tiene buena salud asiste a misa y los monjes le leen libros piadosos a diario. Cuando la enfermedad le impide levantarse, el Emperador escucha misa desde la cama.
A pesar de su retiro, el Emperador continuaba siendo un activo gobernante que por medio de los mensajeros y embajadores, que recalaban a diario en el monasterio, daba ordenes, criticaba decisiones y hasta mandaba fulminar a los enemigos.
Tres meses antes de morir pidió a su mayordomo Luis Quijada que trajese a Cuacos a su hijo ilegítimo, Jeromín, nacido de la unión del Emperador con una mujer alemana, Bárbara Blomberg, después de la muerte de su esposa la Emperatriz Isabel de Portugal. Jeromín conoce a su padre en Yuste con tan sólo 11 años y allí fue reconocido como hijo natural adoptando el nombre de Don Juan de Austria.
LUTO EN YUSTE.
El Emperador, que enferma el 31 de agosto de 1558 a causa de una fiebre palúdica, muere el 21 de septiembre del mismo año a las dos de la madrugada portando en su mano derecha un crucifijo que perteneció a su mujer la Emperatriz Isabel de Portugal, y en la izquierda un cirio de Montserrat.
Su cuerpo lavado y perfumado es introducido en un ataúd de plomo sellado para que no se deteriorara y éste, a su vez, colocado en uno de nogal. La iglesia del Monasterio se adorna con cortinajes negros que mandan comprar en Plasencia, colocando en su centro los restos mortales del Emperador.
A los tres días se le da sepultura cumpliéndose de esta manera la voluntad del Emperador, que quería que sus restos descansasen en Yuste bajo el Altar Mayor. El doble féretro, con el cuerpo de Carlos V fue colocado a lo lago del interior del nicho sobresaliendo una parte del mismo, ya que Carlos V fue enterrado de forma que su pecho, corazón y simbólicamente su cabeza, quedaran justamente debajo de los pies del sacerdote cuando oficiara la Eucaristía. Así lo quiso el Emperador en señal de humildad hacia la Iglesia Católica, de la que fue un gran defensor toda su vida.
Al Emperador también le hubiera gustado traer los restos mortales de su esposa la Emperatriz Isabel, que se encontraban en la Catedral de Granada. No obstante, la muerte le sobrevino inesperadamente y no le dio tiempo a traerla. Sería su hijo Felipe II, que 17 años después fue a Granada a por el cuerpo de su madre, quien lo trajera al Monasterio de Yuste y recogiera los restos mortales de su padre Carlos V, llevándolos a ambos al Monasterio del El Escorial, en cuyo panteón de reyes descansan en paz.
MONASTERIO DE SAN JERÓNIMO DE YUSTE.
El Monasterio es cronológicamente anterior al palacio. Se funda a principios de siglo XV, en el año 1414, gracias a la donación de los terrenos a los monjes por parte de un vecino de Cuacos con el fin de construir un convento.
La iglesia del Monasterio cuenta con proporciones de catedral y, por su elevada altura y bóvedas estrelladas, se identifica con el estilo gótico tardío. Lo más sobresaliente del templo es el magnifico retablo renacentista que suplió al primitivo retablo gótico. El autor es un escultor y pintor riojano de la Corte de Felipe II llamado Antonio de Segura, quien lo erigió siguiendo las trazas que había diseñado el arquitecto Juan de Herrera, artífice del Monasterio de El Escorial, del cual es precedente la estructura de este monasterio-palacio.
El Monasterio posee dos claustros, el primero está actualmente en periodo de restauración con el fin de arreglar el claustro gótico y construir una hospedería mixta. El segundo es el claustro plateresco.
EL PALACIO DE CARLOS V
Las obras del palacio de Carlos V se iniciaron en 1554, un año antes de que el emperador abdicara. Construido adosado a la iglesia del Monasterio, posee dos plantas de cuatro piezas cada una de ellas. La planta baja iba a se la residencia de verano, pero Carlos V sólo habitó la alta o noble.
En la entrada hay un terrado que el Emperador mandó cubrir y desde donde se contempla un hermoso paisaje. La fuente, instalada por deseo expreso de Carlos V y tallada en una sola pieza de granito, fue un regalo del Ayuntamiento de Plasencia. La decoración de esta terraza se completaba con un reloj de sol construido por el maestro relojero del Emperador, Juanelo. Los muchos achaques de Carlos V condicionan la arquitectura de Palacio por lo que, en lugar de escaleras, se construyó una rampa para acceder desde la calle a sus aposentos.
Penetrando en las salas donde el Emperador vivió nos encontramos en primer lugar con la Sala de Audiencias, donde Carlos V recibía a los nobles y embajadores. Llama la atención el velo negro que cubre las paredes, que fue colocado en señal de luto por su madre (Juana I de Castilla más conocida por Juana la Loca) y su esposa (la Emperatriz Isabel de Portugal), igual que sucede en el dormitorio. En la sala contigua se expone la silla ortopédica que fue diseñada para el descanso de su pierna. En la tercera sala, bautizada como sala de Don Juan de Austria, se exhibe la silla-litera en la que el Emperador recorrió las partes más difíciles de lo que fuera su último viaje en vida, desde Laredo a Yuste. Por último, el dormitorio comunica con el altar mayor de la Iglesia, ya que cuando Carlos V sufría fuertes dolores de gota no le permitía levantarse de la cama y pidió que realizaran una abertura en el muro para poder oír misa desde la misma.
.Elías Hernández Nieto.